Hace diez años que imparto el Certificado de Profesionalidad de Docencia y que trabajo en el ámbito de la #FPE. En este tiempo he visto reformas, cambios de normativa, ajustes de financiación, modelos pedagógicos que van y vienen, modas metodológicas y también —por suerte— mucha gente buena que se deja la piel para hacer las cosas bien.
Por eso me preocupa lo que estoy percibiendo en los últimos años. No es un “cambio más”. Es una degradación progresiva de estándares: de calidad, de profesionalidad y, en algunos casos, de ética. Y lo digo desde un lugar incómodo, porque soy consciente de que generalizar sería injusto. Hay profesionales excelentes. Pero también hay una realidad que se repite cada vez con más frecuencia, y callarla no ayuda.
Un problema de base: enseñar sin dominar el terreno
Me desespera ver #docentes que imparten el certificado de Habilitación para la docencia en los grados A, B y C sin conocer el sector, sin manejar lo mínimo imprescindible para una acción formativa seria o, sencillamente, sin entender el marco actual en el que trabajamos —incluida la dependencia del #MinisteriodeEducación, con lo que eso implica en términos de criterios, evidencias, programación, evaluación y trazabilidad.
No hablo de “no tener un máster” o “no ser una eminencia”. Hablo de cosas básicas:
- No saber diseñar una programación didáctica coherente.
- Confundir objetivos con actividades.
- No alinear resultados, criterios de evaluación, contenidos y evidencias.
- No conocer el lenguaje técnico del certificado ni su lógica competencial.
- Tratar la formación de personas adultas como si fuera improvisación con diapositivas.
La docencia en FPE no es “rellenar horas”. Es una intervención profesional con impacto directo sobre personas que se están jugando empleabilidad, autoestima, reinserción laboral y futuro.
La precariedad también es un modelo pedagógico (y no del bueno)
Y luego está el mercado. Un mercado que en algunos espacios está empujando hacia abajo la calidad a base de precarizarla. Cuando un centro ofrece 17 €/h por el mismo tipo de docencia que en otro lugar se paga a 50 €/h, no estamos ante una simple diferencia de presupuestos: estamos ante un sistema que incentiva lo peor.
Porque, seamos honestos: con determinadas tarifas, o haces un milagro por vocación (que no debería ser requisito para trabajar), o recortas por algún sitio. Recortas preparación, recortas seguimiento, recortas evaluación, recortas tutorización, recortas tiempo real de diseño. Y al final el alumnado paga la factura.
Y aquí aparece otra figura que ya se está normalizando: el “docente multiusos” que hoy hace de #personalshopper, mañana de #administrativo, pasado de #sociosanitario y el viernes de #docencia. No cuestiono que alguien tenga experiencias diversas. Lo que cuestiono es la banalización de la especialización docente y la idea de que cualquier perfil puede impartir cualquier cosa con un guion por encima.
No es una guerra de egos: es una cuestión de estándares
Quiero dejar algo claro: esto no va de “yo lo hago mejor”. De hecho, en mi caso personal, yo ya tengo mi camino hecho. Trabajo en entornos donde se me valora y se me retribuye con coherencia. He madurado, me respeto y también he aprendido a elegir dónde sí y dónde no.
Pero precisamente por eso siento responsabilidad de decirlo: porque cuando una profesión se degrada, no se degrada solo para quien está empezando. Se degrada el sistema completo. Se pierde confianza. Se pierden referentes. Se normaliza la chapuza. Y después nos preguntamos por qué hay alumnado desmotivado, por qué hay cursos que no transforman, por qué la FPE recibe críticas o por qué ciertos certificados se perciben como “papel mojado”.
La metáfora de los cuervos
En el texto original usé una metáfora dura: la del #futuro de #MadMax en versión aula y centro formativo; cuervos picoteando un cuerpo podrido. Mantengo la idea como símbolo —no por dramatismo, sino por imagen—: cuando el sistema permite que la precariedad, la improvisación y la falta de profesionalidad compitan en igualdad de condiciones con el trabajo serio, lo que ocurre es una lucha por migajas.
Y cuando se lucha por migajas, rara vez gana la calidad.
Entonces, ¿qué hacemos?
No me interesa quedarme en la queja. Me interesa abrir conversación y, ojalá, empujar mejoras. Algunas líneas mínimas:
- Estándares claros: exigir evidencias reales de competencia docente, no solo “haber impartido”.
- Programación didáctica como requisito real, no como trámite.
- Condiciones laborales dignas: si pagas miseria, compras miseria (y no siempre por culpa del docente).
- Selección de profesorado con criterio: especialización, conocimiento del sector, experiencia real, y capacidad de evaluación.
- Cultura profesional: la docencia no es un plan B, es un oficio con responsabilidad.
Sé que esto puede incomodar. Pero también creo que alguien tenía que decirlo con claridad, sin adornos y sin postureo. Porque si amamos la #FPE de verdad, no basta con “defenderla”. Hay que cuidarla. Y cuidarla implica señalar lo que la está deteriorando.
Si tú también trabajas en este ámbito, me interesa leerte: ¿qué estás viendo? ¿qué te preocupa? ¿qué soluciones te parecen realistas?

